miércoles, 15 de abril de 2009

I Love This Game o una Breve Historia del Mundo

La mitología nos dice que el futbol nació en una cantina cuando se repartieron, luego de no encontrar un consenso justo, el botín de la reglamentación los seguidores del rugby y el soccer. Sin embargo se trataba de un juego más bien pedestre, once contra once hombres tratando de mantener en su poder la pelota y de llevarla a los límites de un territorio que parecía inexpugnable. Luego llegaron los escoceses con algo que parecía inusitado, el pase, y el futbol dio un giro impensable a los terrenos de la fantasía visible. Los uruguayos, sí, esa suerte de gamberros quemados por el magnifíco sol de oriente, dueños de medio río de la plata, convirtieron el futbol en un poema colectivo, y se transformaron en el primer objeto del deseo de los clubes de europa por su gracía de bailarines, su don de magos en pleno juego y una mirada que desafiaba cualquier deidad. Luego Mussolini amenazó de muerte a sus seleccionados y éstos no tuvieron más que ganar con sangre una copa que parecía imposible. Luego Obdulio Varela, el Negro Jefe, atravesó con el balón en las manos su campo y conminó a sus huestes a vencer los pronósticos: Brasil era una fiesta y no había razón para no anticipar un triunfo inminente. Después otro Jefe, Boss Rahn, colaboró con un milagro germánico que aún continúa.

Lo que siguió después fue el prodigio de la individualidad en contraste con un futbol físico, un futbol cincelado entre el músculo, la dignidad deportiva, el pundonor casi arrogante. La individualidad encarnada por Sir Mathews, Puskas, Kubala, Di Steffano, Garrincha y Oh Rey Pelé, un humilde brasileño que tenía diez años cuando le prometió a su padre ser campeón del mundo, luego de culminada la narración radifónica del Maracanazo. Al mismo tiempo que Pelé, otro joven brasileño de Pau Grande, bautizado con el nombre de un pajarraco de la región, Garrincha, puso el botín sobre el balón en señal de desafío a los hipnotizados defensas que lo marcaban. Inició el cambio de ritmo y su síncopa, comenzó el Jazz del balompié a diseñar escenarios abstractos que armonizaban con la tribu arrebatada y fervorosa. Llegó la estrategia distendida en la función precisa de cada hombre sobe el campo. Por su parte, Inglaterra celebraba a un Rey que se decía artista (porque lo era), genio (porque lo era), maravilloso redentor de un deporte que le había puesto un lienso enorme a sus pies: George Best.

Me detendré aquí, la llegada de mis dos ídolos (Cruyff y Maradona) ha sido puntualizada en muchos posts. Me interesa más bien establecer cómo un periplo insuperable de lágrimas, risas y gloria, que comenzó en una isla, y luego en esa misma isla inauguró una etapa de oscurantismo posterior al título mundial en 1966, encontró en la historia reciente del balompié inglés su edad de oro, y tuvo uno de sus puntos más radiantes hoy, en Stamford Bridge, un estadio como hecho a mano que alude indirectamente a la batalla epica del mismo nombre. De eso trata el futbol, o al menos la novela del futbol escrita a muchísimas manos. Un héroe abatido al margen de la cancha, con una lesión en la ingle que le impide jugar; 22 hombres trazando dos maravillosos planos secuencias de 45 minutos, en un espectáculo hermoso de poder, armonía colectiva, pundonor, suspense voluntario; ocho goles que permiten dimensionar la calidad de un deporte que hoy, en la casa del Chelsea, encontró a los interpretes inmejorables de su concierto.

Hoy se escribió un capitulo más de la historia del mundo.

2 comentarios:

(Diego Loayza) Oneiros dijo...

OYE, CAMBIANDO DE TEMA: FELICIDADES POR EL "YOLANDA BEDEGRAL"... esperando leerlo.

zappa dijo...

¿Qué más podemos decir? Está todo dicho...agregar algo sería inutil.
Así se vive el futbol...