viernes, 25 de junio de 2010

Peripecias de los entrenadores

Si en este Mundial el chivo expiatorio favorito de los arqueros ha sido la Jabulani, el de los seguidores ya no es el árbitro, sino el director técnico. Con ocurrencias arcanas, contraintuitivas y a veces insostenibles, el también llamado míster parece obsesionado con sorprender a la fanaticada –en parte para justificar su sueldo millonario, en parte para hacernos creer que él ve más– mediante decisiones que festejan sobre todo los equipos rivales. Se dice que en Montevideo, cuando vieron que México saltaría a la cancha para el partido decisivo con el Guishe Franco como presunto ariete, las calles se llenaron de candombe y serpentinas, y también se ha escuchado a los muchos detractores de Italia corear el nombre de Camoranesi en los estadios, convencidos de que la vieja gloria del Cruz Azul conseguiría transmitirle a los Azzurri la maldición de la inoperancia y el lento semirritmo.


Ya desde las listas de convocados la ira se estaba desbordando en dirección de los banquillos. Siguiendo el ejemplo del Mundial de Italia 90, cuando en el duelo Argentina-Brasil de octavos de final el aguador de la albiceleste disolvió un Royphnol en las botellas que beberían los amazónicos para sedarlos, una vez que se supo que Dunga no llevaría a Ronaldinho a Sudáfrica se desató una fiebre nacional para intoxicar al timonel, no con narcóticos sino con cicuta. Y antes de que Francia se hundiera ignominiosamente en el grupo A de la mano de Domenech, ya había en París el proyecto de transformar el Obelisco en una vuvuzela gigante para empalarlo tan pronto regresara.


Aunque Maradona viajó a la cita mundialista con la etiqueta de ser la piedra en los botines del tercer campeonato argentino, hasta ahora han sido Domenech, Marcelo Lippi y el Vasco Aguirre los técnicos que han destacado por su terquedad y sus metidas de pata. México, es cierto, a diferencia del campeón y subcampeón del mundo avanzó a la segunda fase, pero habría que decir que la hazaña la consiguió en buena medida a pesar de Aguirre, y más bien gracias a que la mala estrella del técnico de los Bleus era aún más nefasta que la suya. Lippi, por su parte, es obvio que dejó la cabeza en el pasado y nunca la volvió a encontrar. No sólo creyó que el 2006 podría durar para siempre y Cannavaro no se convertiría en una momia disfrazada de capitán; también supuso que 1982 era algo así como el sello de agua de todos los mundiales y bastaría jugar sólo los últimos diez minutos de la primera fase para avanzar a tropezones con tres empates sudados. La mala suerte hizo además que a la maquinaria normalmente bien aceitada de los tetracampeones le faltara un eje importantísimo —Andrea Pirlo—, y sufriendo como siempre sucedió lo que casi nunca: que Italia hiciera las maletas tras el tercer desafío.


Es verdad que nos gustan tanto los chivos expiatorios que, si pudiéramos, los ordeñaríamos para más tarde triturarlos a través de los medios. Y también es verdad que quienes se desempeñan en el rectángulo de césped son los futbolistas y hacia ellos deberíamos dirigir la mirada y las críticas. Pero en el armado de una selección el técnico tiene mucha tela de donde cortar, las piezas del rompecabezas las decide él, y está claro que la desgracia de un equipo se escribe desde la convocatoria. Lippi, que siempre ha jugado a ver más, no sólo marginó a los ya veteranos pero muy peligrosos Totti, Del Piero y Toni, y a los delanteros que todos los tifosi pedían: Cassano, Balotelli y Borriello, sino que confió en la Vecchia Signora del Calcio —la Juventus—, como columna vertebral de una Italia lerda y decepcionante. Buffon, Cannavaro, Chiellini, Marchisio, Camoranesi, Pepe, Iaquinta… ¡todos de la Juve!, y no hay que olvidar que en su liga local ese equipo se quedó en un deslumbrante séptimo sitio y que su defensa, encabezada por los tres primeros arriba mencionados, recibió 56 goles, demasiadas para cualquier equipo de primera división y un auténtico escándalo para la mística italiana.




Así como Lippi dejó todo en manos de los inoperantes jugadores de la juve, (quienes se encargarían de hacer que Italia calificara con la inercia del pasado), Domenech y Aguirre, cada cual a su modo, también se aferran —se aferraron—al clavo ardiente del esoterismo y la cábala. Mientras que en el caso del timonel francés se antoja un gesto de desesperación consultar a las constelaciones para conjurar la ausencia de gol, qué decir cuando un entrenador sobrio pero imaginativo, como solía ser el Vasco, confía ciegamente en un oráculo de nombre Mario Carrillo, tan enigmático como el de Delfos pero tan dudoso como el de Walter Mercado. “El mejor jugador nunca debe permanecer en la cancha” o “El rival se intimida cuando alineas a un delantero en silla de ruedas” son el tipo de mensajes sibilinos que, mucho me temo, salieron de la boca del auxiliar técnico del tricolor durante la fase de grupos y dejaron a Aguirre con ese gesto incierto de galletita china.




No sabemos si el destino del Vasco, en caso de perder el domingo contra Argentina, será el empalamiento o la trituración mediática, pero todavía está a tiempo de sacudirse el estigma de genio incomprendido, que no es sino la variante optimista del chivo expiatorio. Si primero amordazara a Carrillo para no caer en la tentación de consultar sus consejos, y después, frente a una defensa lenta y un tanto improvisada como es la gaucha, mandara al ataque a los más veloces (a Guardado, Juárez, Chícharo, Giovani, Barrera, con la opción de cambio de Vela y El venado Medina), es muy probable que entonces, aun con el descalabro, pueda volver a casa en calidad de héroe trágico.

jueves, 24 de junio de 2010

Italia es una mentira

Después de pegarse un tiro en el pie ante Paraguay, Italia se permitió el lujo de rubricar un aburridísimo partido frente a Nueva Zelanda. Su fútbol, vomitivo, fue pasado por alto por esa legión de profetas que auguró, parapetado en la historia, que la tropa "azzurri" pasaría de grupo emulando aquel afortunado pase sin ganar un solo partido en España '82. Italia, decrépita, mezquina, apática, antipática y huérfana de talento hasta caer en la mediocridad, se jugó todo a una carta ante Eslovaquia, una selección en las antípodas de los italianos. Porque los eslovacos son una selección invadida de jugadores de talento y poca fama mundial, mientras que los italianos están en el otro extremo. Son un conjunto de futbolistas de escaso talento y sobrevalorada reputación, con caritas bonitas de romanos iracundos. Con eso ya ganó la Copa del Mundo, en efecto, pero ese triunfo sirvió para que el vigente campeón se refugiara en su gran mentira. Sin ningún mago de guardia, sin fantasista, sin regista y sin capo cannonieri que echarse a la boca, Italia se suicidó. Pensó que bastaría con mirar a su glorioso y afortunado pasado, pero Eslovaquia le devolvió a su cruda realidad. Aferrado a ese cuento rosa histórico de que Italia pasa las de Caín en la primera fase y luego renace, la autocrítica brilló por su ausencia y esta Italia pensó en que con jugar a no perder acabaría ganando como siempre.

Italia jugó a la ruleta rusa, perdón, eslovaca. Y se levantó la tapa de los sesos. Se disparó tres veces a la sien. No hubo bala ante guaraníes ni "kiwis", pero a la tercera, fue la vencida. Su rival, más estético, más valiente, más meritorio y más atrevido, se ganó la clasificación centímetro a centímetro. Los últimos coletazos de Italia casi acaban con el corazón de los eslovacos, que juguetearon con la mala suerte y un castigo cruel. Pero esta vez, el fútbol, justicia poética, premió al que siempre quiso ganar, Eslovaquia. Lo hizo con una exhibición de Srktel en la zaga, con Vittek genial en la definición, con la aportación de Hamsik entre líneas, con el brío de Kucka (ridiculizando a Montolivo y De Rossi, inoperantes) y con las incursiones de Stoch, un puñal en el costado. La locura corrió a cargo de Kopunek, en un saque de banda, que dejó en cueros a Cannavaro, Zambrotta y el resto de defensas indefendibles de una Italia inerte.


Italia, cuya leyenda dice que siempre hay que matarla dos veces, gastó su suerte. Eslovaquia, por si las moscas, la mató hasta en tres ocasiones. Tuvo orgullo y ocasiones para resucitar, pero haber salido ilesa de este desafío habría sido excesivo hasta para un equipo cuyo "culo" es mundialmente temido por el resto del planeta fútbol. Esta Italia, la más infame que uno recuerda desde que tiene uso de razón, ha quedado desnuda en Sudáfrica, con una mano delante y otra detrás. No tiene fútbol, no tiene defensa y se marcha para casa con toda la justicia del mundo. Su estilo, cavernario, oscuro y sobrevalorado, se ha llevado su merecido. Italia llora lo que entiende como su "porca miseria", pero su eliminación es una magnífica noticia para el fútbol. Jugó al fútbol de una manera mezquina, pobre. Su recompensa, un avión para irse a casa. Es lo que suele ocurrir cuando a un resultadista le quitas el resultado. No le queda nada. Sólo la sensación de ridículo y de ser una gran mentira.

miércoles, 23 de junio de 2010

Un milgro argentino


El siguiente texto pertenece a Ezequiel Fernández Moores:


"Lo malo de las victorias es que no son definitivas. Lo bueno de las derrotas es que tampoco son definitivas". La frase pertenece al escritor portugués José Saramago, fallecido en estos días mundialistas, como Jorge Luis Borges, que murió en pleno México 86. El ex crack portugués Luis Figo cuenta que la frase de Saramago le sirvió mucho durante su carrera. ¿Le sirve hoy a la Argentina de Diego Maradona? Las victorias en primera rueda de Sudáfrica 2010, es cierto, seguirán sin ser definitivas. Las derrotas sí. Una derrota, de ahora en más, obligará volver a casa. De poco importará lo bueno que se pueda haber hecho contra Nigeria, Corea y Grecia.

La selección portuguesa de Cristiano Ronaldo homenajeó a Saramago jugando el lunes con brazalete negro. Aplastó 7-0 a Corea del Norte, la única selección del Mundial que viene de un país comunista. Saramago era comunista, pero demócrata. Tal vez sonrió con una vieja ironía de Jean Luc Godard. El cineasta francés dijo una vez que el comunismo sólo existió en dos tiempos de cuarenta y cinco minutos. Cuando la maravillosa orquesta húngara de Ferenc Puskas dio una lección de fútbol colectivo a Inglaterra. Fue en Wembley 1953. Irrepetible en Sudáfrica 2010, donde sobran equipos y faltan jugadores. Lo que llega a Sudáfrica son sólo los restos que dejan los clubes. No deja siquiera lugar para los milagros. Cuentan que una tarde, en el Estadio da Luz, Saramago, que era ateo, se asombró al ver que muchos a su alrededor se persignaban o miraban rogando al cielo. "Yo también espero todos los días una señal de Dios. Una lástima que no la encuentro". México, próximo rival de Argentina, también lloró en pleno Mundial de Sudáfrica la muerte de uno de sus mejores escritores, Carlos Monsiváis. Una vez, cuenta su compatriota Juan Villoro, a Monsiváis le preguntaron sobre la "atávica incapacidad" del fútbol mexicano de "solventar la pena máxima", una posibilidad que bien podría suceder este domingo en el Soccer City. Monsiváis, creyendo que le preguntaban por los problemas en las cárceles, respondió: "Hay demasiado hacinamiento y eso provoca motines".

Monsiváis odiaba el fútbol, igual que Borges, que dio una conferencia en el Teatro San Martín en el momento en que comenzaba el Mundial 78. "Juan Villoro ha dicho que Dios es una pelota. En este caso específico -decia Monsiváis- soy ateo". Villoro, efectivamente, escribió un libro formidable llamado "Dios es redondo". Con el argentino Martín Caparrós, autor de "Boquita", escriben estos días en la página web de Letras Vivas un blog sobre el Mundial. El intercambio sube de temperatura ahora que la Argentina y México volverán a enfrentarse, igual que en Alemania 2006. "La diosa Fortuna -me dice Villoro desde el DF- fue cruel y sitió el partido de Argentina después de nuestra derrota. Fue como ver al verdugo afilar sus armas. Creo que no hay nada qué hacer. Nuestros mejores apoyos son la Virgen de Guadalupe o un psicoanálisis lacaniano exprés para vencer el complejo de enfrentar a una Argentina claramente superior. Eso sí, caeremos jugando bien y con frases célebres de los cronistas". Villoro me cuenta que siguió la jornada mundialista en su casa, "oyendo a los gritones de la televisión nacional". Tiene vecinos uruguayos. "No nos une el amor -me dice- sino el espanto... de enfrentar a la Argentina". En su casa de Montevideo, Eduardo Galeano, autor de "Fútbol a sol y sombra", colgó en la puerta un cartel que dice "CERRADO POR FUTBOL". "No lo descolgaré hasta el último minuto del último día. Helena (su esposa) y yo vimos TODOS los partidos. Ella es atea de nacimiento, pero yo tuve infancia muy católica, y algo de eso queda", me cuenta antes del partido contra México. Caparrós siguió el triunfo de la Argentina ante Grecia en el mejor hotel de Arúa, que tiene diez habitaciones, a 15 dólares la cama y carece de luz desde la medianoche. Arúa es un pueblo de Uganda, en la frontera con Sudán y el Congo. Pantalla gigante, seis mesas de plástico y cuatro acompañantes mudos. Tal vez fue mejor así. En el Ellis Park, cuando hace unos días Corea del Sur amagaba con el empate y todos sufríamos, un hincha argentino lo reconoció y le preguntó: "¿Caparrós, usted cree que si Argentina gana el Mundial el gobierno aprovechará para usarlo políticamente?".


Ya no existe chance de utilización política para los sudafricanos. Tampoco para África, que justo en el primer Mundial en su tierra juega peor que nunca. En su despedida a Saramago, la vicepresidenta de España, María Teresa Fernández de la Vega, dijo que el Nobel portugués "soñó una tierra libre, un mundo en el que los fuertes sean más justos y los justos más fuertes". El fútbol se parece a la vida. Tampoco tiene justicia. "En cada partido -dice Villoro- los futbolistas juegan a ser dioses y el árbitro a ser hombre. Ningún otro deporte tiene un sistema de justicia tan endeble, es decir tan parecido a la vida". Caparrós habla del fútbol, y más aún de los Mundiales, como su "espacio de salvajería feliz". Villoro se pregunta si "tiene caso que suspendamos la respiración, el matrimonio y el trabajo a favor de lo que pasa en la cancha y define al fútbol como una "vuelta a la infancia donde cada juego es eterno y no admite más reglas que su propia duración". ¿Cuál será, para nosotros, la duración de Sudáfrica 2010? " ¿Pasaremos los cuartos de final? ¿O nos pasará como en Alemania, otra vez el equipo más bonito de la primera fase, pero eliminados en cuartos de final, para que la Copa quede en manos de equipos supuestamente más "serios", como el Brasil de Dunga? ¿Será Sudáfrica 2010, como por momentos amaga, un Mundial "made in José Mourinho", sin ideología, puro pragmatismo?
"¿A quién le importa el Mundial?" La pregunta, que bien podrían haber hecho, si vivieran, Borges o Monsiváis, la hizo hace unos días en un festival de literatura en Inglaterra Nadine Gordiner, premio Nobel de Sudáfrica. Los asistentes estallaron en aplausos. Tampoco le interesa el Mundial a JM Coetzee, el otro premio Nobel sudafricano. Cuando escribió "Esperando a los bárbaros" Coetzee no lo hizo pensando en la FIFA o en los barras argentinos. Borges decía que "el fútbol es popular porque la estupidez es popular". Y agregaba: "El fútbol es uno de los mayores crímenes de Inglaterra". Murió ocho días antes de La Mano de Dios. Me di cuenta cuando vi su rostro en un televisor mudo del centro de prensa del Mundial de México. Como Bustos Domecq, seudónimo que compartió con Adolfo Bioy Casares, Borges, que prefería las riñas de gallos al fútbol, llegó a imaginarse en un cuento que ya no hay score ni cuadros ni partidos. Los estadios ya son demoliciones que se caen a pedazos. Hoy todo pasa en la televisión y en la radio. La falsa excitación de los locutores. "¿Nunca lo llevo a maliciar que todo es patraña?" Se pregunta Galeano en su libro "En qué se parece el fútbol a Dios". Y responde: "En la devoción que le tienen muchos creyentes y en la desconfianza que le tienen muchos intelectuales". Sudáfrica 2010 construyó estadios que no serán demolidos, pero que tal vez serán inútiles tras el Mundial. "¿Cómo se pueden construir estadios tan lujosos en medio de un océano de pobreza?", se preguntó Cissie Gool en un debate que intelectuales sudafricanos celebraron en mayo pasado. El de Polokwane, al menos, fue testigo anoche de la nueva hazaña de Palermo. El fútbol argentino precisa alimentarse de los mitos. Polokwane parecía anoche la Bombonera. Pero no tenemos mito mayor, se sabe, que el de Maradona. "Los que dudábamos de la condición divina de Maradona -escribió hace unos días el periodista John Carlin- nos estamos viendo obligados a cuestionar nuestro agnosticismo". Ateos, agnósticos y creyentes, intelectuales y simples hinchas, tal vez coincidan que, al menos en tiempos de Mundial, Palermo es un milagro argentino en Polokwane. Ojalá no sea el último.

lunes, 21 de junio de 2010

¡Bien Chile!

A Suiza su fútbol apenas le alcanza simplemente para construir un muro y hoy recibió un premio por ello: batió un espantoso record tuvo el arco invicto durante 551 minutos ganando nada más ni nada menos que a Italia en el Mundial 90. Frente a ello Bielsa y la selección que dirige supo encontrar las claves para fracturar esa aburrida y monotona pared que conformaron los blancos. Al ver el juego suizo, me preguntaba: ¿cómo los españoles no pudieron abrir ese muro? Y es que Chile no se extravió en la ansiedad que sí peso en los españoles –con excepción del gran Humberto Suazo que sí la ansiedad lo carcomió no por nada en el segundo minuto del partido ya contaba con una tarjeta amarilla–. Chile manejó con jerarquía las circunstancias del partido. No dejó espacios para el contragolpe de los suizos –que ni a eso se animaron–. En el primer tiempo sorprendió las proyecciones de Beausejour, el talento y la calidad de Alexis Sánchez y la sólida participación de los laterales Isla y Vidal... Para el planteamiento chileno fue fundamental la expulsión de Behrami en el minuto 30. Los suizos no pudieron subsanar su ausencia y expusieron más fragilidades que frente a los españoles. El segundo tiempo, jugó Bielsa mandó a la cancha a Jorge Valdivia y Mark González en lugar de Humberto Suazo y Arturo Vidal, minutos más adelante mandó a Esteban Paredes por Matías Fernández y fueron ellos los constructores del gol. Chile sorprende por su fuerza, su lucidez en cancha, el muy buen momento de Suazo, de Valdivia, de Paredes.

La selección chilena no se entregó al vértigo frenético, se nota que Bielsa aprendió del 2002 en Japón-Korea. Argentina en ese mundial no tenía pausa, un instante para pensar la jugada, todo era velocidad por las puntas y centros en busca de Batistuta, López o Crespo. Este Chile no corre sin antes pensar en el sentido que puede ofrecer la velocidad a la jugada. Se adminitra el vértigo, se cuidan los espacios, se presiona al rival con ánimo de recuperar el balón y someterlo a la inteligencia de Fernández o de Valdivia.


El árbitro de Arabia Saudita Khalil Al Ghamdi fue el personaje central del encuentro. Entorpeció el juego, desde la primera jugada perdió el rumbo. La amarilla a Suazo fue el indicador de que a lo largo del partido iba a interpretar de forma maximalista el reglamento. Y fue así vino un aluvión de tarjetas, sacó nueve amarillas y una roja y eso no sirvió para ordenar un partido que no tuvo roces, ni graves choques como el de ayer entre Brasil y Costa de Marfil. Tan grave fue su papel en cancha que en un momento del partido que por casualidad ingresaron dos Jabulanis a la cancha el árbitro no pudo organizar una pelota muerta en la que Suazo sacó una ventaja por un descuido del árbitro. ¿Cuál es el equilibrio entre lo que dice la norma y la interpretación del árbitro? Khalil Al Ghamdi hoy demostró que hay una profunda irregularidad del arbitraje a nivel mundial. Lo grave es que la FIFA no realiza esos ajustes y condiciona a equipos como Chiles que no podrá contar con Fernández, ni Carmona.

domingo, 20 de junio de 2010

Qué hará Bielsa...

Mañana cuando Chile enfrente a Suiza Marcelo Bielsa jugará un partido fundamental. Una revancha en Mundiales. El 2002 Argentina frente a Inglaterra y Suecia con alto vértigo, velocidad frenética y una suma de pelotazos se hundió en la intrascendencia. Todo aquello que se decía: se hablaba de la maquinaria perfecta, del planteamiento o planteamientos tácticos infalibles. De la revolución bielsista, etcétera. Para mañana me surgen demasiadas dudas:

¿Cómo planteará Bielsa el partido? ¿Su pilar será la posesión, la iniciativa en cuanto ataque? ¿Acaso ese no es un terreno demasiado propicio para una selección como la Suiza que lo que más desea es que la ataquen obsesivamente? ¿Qué alternativa preverá Bielsa si es que su propuesta de fútbol patina en el vacío y la improductividad como lo hizo la selección española? ¿Esperará a los suizos? ¿La selcción chilena presionará pero ajustando hasta el infinito el repliegue chileno? Si el partido se entraba, ¿cuál será el plan B de Bielsa? ¿Activar los laterales? ¿Qué? ¿Confiar en la “magia” de Sánchez, de Suazo? Si algo sabemos de Bielsa es su enorme capacidad de encapricharse o aquello que se conoce en lenguaje futbolero: “Morir con la suya”. Sin embargo, ¿es una locura pensar que Bielsa mañana esperará a Suiza? ¿Que dejará por un partido su marcaje a presión, su obsesión por dominar el balón? ¿Que bajará las revoluciones de ataque para concentrarse en la creación? La selección española tiene muchos recursos sin embargo ninguno de ellos sirvió para marcar, ¿qué hará Chile? ¿Acaso tienen tantos recursos futbolísticos? ¿Qué hará Bielsa? Seguramente hoy en la noche Bielsa, si es que duerme, intentará deshacerse de los fantasmas del 2002… Ojalá lo logre y mañana sorprenda al mundo del fútbol…

Mientras Bielsa anda en estas faenas la prensa chilena expande su tufillo exitista sobredimensionado… Eso no es de buen augurio…

Tres caras de una moneda: Paraguay - Brasil - Italia

Lo de Paraguay no es vistoso, detrás de su fútbol no hay una estética del toque envolvente estilo el juego español de los Xavi e Iniesta. Sin embargo, en su fútbol cualquier tipo de estas carencias se las suplanta con un fuerte espíritu de rugbiers. Su fortaleza física, su equilibrio mental, su orden táctico y sobre todo ese inmenso corazón guaraní es el que coordina su particular exquisitez. A esto se añade el Dt Martino, muy bielsista en ahogar la salida de los rivales, muy conservador para mirar el arco rival, pero muy hábil para plantear partidos y mover las fichas. A los paraguayos es injusto exigirles que además de controlar los partidos –virtud que la explotaron frente a los tanos– ataquen con intensidad e infinito vértigo el arco contrario. No, no eso no es el fútbol paraguayo. Su fútbol es lo que hicieron hoy. Anular la salida de los esloveneos –no sé si es correcto este gentilicio– tanto por la puntas como por el centro, bloquear cualquier ráfaga de creatividad en los contrarios y de a poco extraerles la poca autoestima que les resta. Esas fueron las claves del partido de esta mañana. No vale la pena individualizar y lanzar nombres, prefiero en este texto abundar en generalidades. Ojalá Paraguay trascienda esta fase y en la siguiente se tope con un rival como Japón o Dinarmka… Ya es hora de que llegue a cuartos y marque toda su impronta.


Lo de Italia asombra por la enorme inoperancia de una selección que frente a Nueva Zelanda naufragó y se hundió en lo profundo de su mediocridad . Volviendo a ver el partido o parte de él sorprende que la única situación clara de los tanos fue en el primer tiempo cuando Monteolivo lanzó un disparo que choco en el poste. Italia fue un desastre. Atacó casi todo el partido pero no creó peligro. Tiró diez mil centros que los zagueros neocelandeses rechazaron con comodidad. Tanto que en el segundo tiempo se dieron cuenta de que su rival era mucho más en los papeles que en la cancha y hasta tuvieron un rato la pelota, mientras Camoranesi y compañía seguían pateando y tirando centros sin destino. Es difícil que Italia progrese mucho con tamaña falta de talento en la cancha. No es solo la falta de Del Piero, de Pirlo sino ya la de un delantero como Inzaghi, alguien un poco más fino que estos Iaquinta y Gilardino. Di Natale, del que tanto se habla, juega por afuera y mostró muy poco hasta aquí. Del otro lado, Nueva Zelanda se colgó por momentos del travesaño, pero su defensa hizo un buen trabajo, con los tres centrales Reid, Nielsen y Smith sacando todo. Con lo hecho ya se pueden ir tranquilos a casa. Los dos goles despiertan sospechas. El de los neocelanadeses parece ser que estaba en posición adelantada y el penal para los tanos responde más a una exageración del árbitro que una aplicación inteligente del reglamento.

Días pasados rogaba acabar con el mito de Brasil… Me ratifico. Es seguramente una de las selecciones brasileras menos espectaculares y vistosas. Pero, sin embargo, es la más efectiva y pragmática. En el área contraria es letal. Su pragmatismo llega al extremo de recurrir a cualquier recurso como Luis Fabiano y sus dos sutiles juegos con la mano. Poco importa que falten las florituras de los Ronaldinho, Adriano, Diego, Ganso y otros con magia en sus pies que no están en Sudáfrica porque a Dunga no le apetece. En su lugar, brillan rocas en el centro del campo como Felipe Melo o Gilberto Silva, expertos en la retaguardia como Juan o Lucio, con Julio César cubriendo sus espaldas. También está Maicon, demostrando por qué es el elegido para el carril derecho. O Michel Bastos, un extremo reconvertido a lateral que también sorprende por lo bien que trabaja en la banda izquierda. En el primer tiempo, Brasil hizo el mejor gol del torneo, cuando Luis Fabiano se la tocó de taco a Kaká, este le devolvió un pase asombroso y el delantero fusiló al arquero y la clavó en el ángulo. Este gol fue fundamental para noquear a los marfileños que se hundieron en una patética improductividad que ni Drogba se salvó. Es una pena porque para muchos de esta generación de jugadores marfileños será su último mundial. Además que se trataba de la esperanza africana pero al parecer todas las selecciones se hundirán en esta primera fase. Volviendo a Brasil este es un Mundial realmente duro. Brasil demostró solidez. Especialmente esa capacidad para definir en el momento menos pensado desde una situación de intrascendencia y producir la jugada más brillante en medio de la monotonía y la tensión. Es un equipo durísimo al que, por ahora, se le pueden hacer muchos reproches. Jugar este mundial es muy difícil. Y parece que Brasil está encontrando las claves para poder manejarlo… Veremos…


No puedo cerrar este post sin escribir sobre el árbitro francés Lannoy quien definitivamente hizo el peor arbitraje del campeonato. Validó el gol con doble mano de Fabiano. Dejó pegar en extremo a los marfileños. Y para colmo expulsó al que recibió los golpes. Dejó pasar dos pisotones que eran para tarjeta roja. Costa de Marfil terminó apenas con tres amonestados, cuando bien podrían haber ido presos.

sábado, 19 de junio de 2010

Pulsión de muerte

Fueron dos días muy tristes para la literatura: ayer, antes, mucho antes de que juegue Alemania con Serbia, después, mucho después del triunfo de Suiza sobre España, en medio de esos dos tiempos falleció José Saramago. Hoy, mientras los mexicanos sólo piensan en su futuro partido frente a Uruguay recibieron una dura noticia, falleció el gran cronista irónico: Monsivaís. Qué duro para la literatura, para los lectores, para aquellos que quieren descubrir qué es el sentido común, que hay allá entre las palabras que comunican a la gente, en las palabras que sirven en las que no, algo de eso sabían o con algo de eso constantemente especulaban estos dos grandes escritores. Monsivaís supo hacer del mundo un laberinto de infinitas crónicas, un objeto gigante, inabarcable para transformarlo en texto, en humor. Saramago siempre con las palabras arrojaba al mundo pequeñas huellas a seguir, no quería configurar ningún camino, menos ruta dogmática, simplemente arrojar migas para allí capturar eso que puede ser la poesía.

Hoy anduve demasiado abstracto, pensando en la muerte, en la indócil Jabulani. Mi mirada sobre el fútbol no se concentraba en las selecciones que se enfrentaban, quería mirar a la tribuna, a los vendedores ambulantes, no quería saber de Eto, menos Sneijder, olvidarme de Asamoa, del excelente árbitro Baldasi. De rato en rato, me reía del profundo sueño que me produjo el aburrido, improductivo y marchito fútbol de los ingleses (jejejeje). Quería agarrar una vuvuzela y tocarla en honor de estos grandes de la palabra, de las especulaciones, de las mentiras. Ensordecerme, eso es lo que quiero. Entre todas esas peripecias me encontré con un texto interesante que se llama Pulsión de Muerte del conocido periodista Enri Gonzales. Ahora, lo leerás, misterioso lector que visitas este blog. Mientras lo lees yo me quedaré como un fantasma sentado en la tribuna que ves en la foto tomada por la BBC. Allí estoy, ¿me ves? Allí... Tengo un cartel que dice: Yo soy un candidato a nada...


Pulsión de muerte


Supongamos que las selecciones de fútbol fueran psicoanalizables. En ese caso, habría que seguir suponiendo, funcionarían según el principio del placer y según el principio de realidad.
Freud atribuía al principio del placer los impulsos más básicos: queremos conseguir el placer y evitar el dolor.

Lo normal sería que un partido estimulara el principio del placer en sus participantes. Son futbolistas jugando a fútbol, una actividad que (no dejemos de suponer) les gusta muchísimo, ante una audiencia cuya inmensidad parece capaz de satisfacer cualquier tipo de exhibicionismo.
Evidentemente, existe el rival. Y existe la responsabilidad de sacar un buen resultado. Eso activaría el principio de realidad, es decir, la acomodación a las circunstancias: se acepta demorar el placer y se tantea, se especula, se defiende, sin perder nunca de vista que el objetivo es la satisfacción final: la victoria, el pase a la siguiente fase, el orgasmo supremo de alzar la copa.
La mayoría de las selecciones oscilan entre placer y realidad. Algunas, como Argentina, Uruguay o México, empezaron muy clavadas en la realidad y en el segundo partido se aproximaron al placer. Otras, como Alemania y muy especialmente España, ya han comprobado que la realidad, a veces, es poco placentera y conduce a la frustración. Habrá que ver cómo evolucionan.
Hay, sin embargo, un par de casos especiales para los que también se puede apelar a Freud. El doctor vienés consideraba que en situaciones de altísima tensión, cuando la realidad se hace insufrible, las personas esgrimen una pulsión opuesta a la del placer. Se trata de la pulsión de muerte. La persona (la selección de fútbol, en el caso que nos ocupa) desea desaparecer, autodestruirse, convertirse en nada, para resolver una tensión que no es capaz de afrontar.
Inglaterra es uno de esos casos. En sus dos partidos ha resultado evidente el sufrimiento de sus jugadores, su incapacidad para hacer frente a la realidad. Que tipos como Rooney, Gerrard y Lampard no consigan tocar un solo balón con criterio revela una angustia profunda. Un síntoma adicional fue la bronca de Rooney a los espectadores tras el empate con Argelia: la pulsión de muerte se vuelca al exterior en forma de agresividad.

Hay algo que oprime a los ingleses. Tal vez las muchas décadas de frustración desde la victoria de 1966, tal vez la presión de un público que en cada Mundial espera mucho de ellos y a la vez sospecha que obtendrá poco; tal vez la misma presencia de Capello, un técnico que tiende a exprimir y carbonizar sus equipos. No lo sé.


Luego está el caso de Francia. Quizá sería un exceso de benevolencia atribuir a los seleccionados franceses, entre los cuales hay futbolistas de una calidad teóricamente indiscutible, una simple fase negativa, un descenso hacia la pulsión de muerte. Lo suyo parece más bien nihilismo. Pero también esa valoración podría resultar demasiado positiva.
Dejémoslo en el viejo “jemenfoutisme”: les da igual todo, les aburre el fútbol, les hastía el público, no quieren perder más tiempo del estrictamente necesario entre balones que brincan y ruido de vuvuzelas. Lo que desean es largarse de vacaciones.


Lo que, bien mirado, y tratándose de futbolistas a los que, por lo que sea, no apetece jugar al fútbol (¿odio a Domenech?, ¿sentimiento de culpa por haberse clasificado con la mano?), enlazaría con el principio de realidad y el principio de placer: quieren darse el gustazo de irse a la playa.